El Reino de Sarita Maripil

por Patricia Trillo

La conocimos cuando Maria Isabel (enfermera del Hospital Regional Neuquén y miembro de la comunidad cristiana Neuquén Oeste) nos contó acerca de su vecina que estaba pasando por un doloroso momento, ya que había perdido a uno de sus hijos en una muerte traumática.
Después de una visita a su hogar de Esteban y José Luis, Sara se animó a llegar al taller de señoras de los días miércoles. ¿Qué podemos decir de esta preciosa mujer?
Su cuerpo grande, su color de piel oscura, su vestimenta sencilla, su tímida y sincera sonrisa, nos hablaron de su humildad, de su esencia como mujer. ¿Cómo olvidar ese pañuelo siempre en las manos, para poder secar su transpiración cuando se trasladaba al centro a realizar trámites o para llegar a su tarea comunitaria de los días miércoles?
Su tarea dentro del taller, fue durante muchos años seleccionar, doblar y acomodar interminables montañas de ropa que necesitaban ser solidariamente ubicadas sobre los estantes.
La recuerdo sentadita en su banco de madera, con sus tibias manos trabajadoras, charlando con Zulema y Alicia sobre sus preocupaciones y tristezas cotidianas. Tuvimos el privilegio de ayudarla a tramitar su jubilación, asistirla con las bolsas de alimentos que luego ella compartía con sus hijos ya grandes y sus nietos. ¡Qué agradecida estaba cuando le hacíamos llegar su comida elaborada y las verduras semanales para cuidar sus riñones!
Disfrutamos a Sara muchos años, escuchamos las historias interminables de su vida. El suicidio de su primer esposo, la violencia del segundo, la crianza de sus hijos, la muerte de uno de ellos, su vida en la chacra trabajando con sus propias manos la tierra, cortando leña o amasando interminables kilos de harina para hacer pan.
El domingo 15 de agosto pasado, Sarita dejó de trabajar físicamente para encontrarse con su querido Señor. Damos gracias a Dios por haberla conocido, por habernos encontrado, porque toda su vida, fue de mucha inspiración para nosotros.
Reconocemos y homenajeamos, a todas aquellas mujeres y hombres que día a día y de manera silenciosa y sencilla, nos demuestran como Sara, que el Reino de Dios siempre está entre nosotros.

La honradez primero


Cuando las estructuras nos lastiman
por José Luis Lozano

Filipenses 4:8
Toda forma de organización humana es buena y también necesaria para la humanidad. La familia, como célula básica de organización de la sociedad, las asociaciones civiles, mutuales, fundaciones, cooperativas, iglesias, partidos políticos, etc., son instrumentos buenos y útiles que posibilitan la crianza, la educación y una sana convivencia en comunidad ¿Pero que sucede cuando éstas estructuras u organizaciones sociales nos comienzan a lastimar?

Decía Manuel Belgrano: “A quien procede con honradez, nada debe alterarle. He hecho cuanto he podido y jamás he faltado a mi palabra”.

Un primer intento de respuesta a nuestra inquietud es actuar con honradez. Antes de lastimar o seguir siendo lastimados, debemos ser honrados y enfrentar la situación con dialogo, responsabilidad y firmeza.
La honradez es aquella cualidad del hombre por la cual la persona se determina a elegir actuar siempre con base en la verdad y en la auténtica justicia. Es condición fundamental para las correctas relaciones humanas, para la amistad, la pareja y la auténtica vida en comunidad.
Muchas veces lastimamos sin darnos cuenta. Creemos que lo que hacemos esta bien, somos felices, servimos a la comunidad, educamos hijos, trabajamos en la obra de Dios; visitamos a los enfermos, ayudamos a los pobres, predicamos el evangelio, construimos edificios para la educación y la recreación, sin embargo lastimamos, ofendemos y casi siempre lo hacemos sin tomar conciencia de ello.
Las mismas organizaciones benéficas que constituyen la esencia de las sociedades, vienen a ser las que en algún momento pueden lastimarnos mas de lo conveniente.

¿Qué hacer entonces?

El dialogo, la honradez y el valor de tomar decisiones importantes, vienen a ser elementos claves para evitar un mal mayor. Claro que la honestidad tiene costos. También suele ser dolorosa, sin embargo nunca falla.
Hemos vivido diferentes experiencias dolorosas en organizaciones eclesiales, familiares y sociales, en las cuales presuponíamos la existencia de un clima de trabajo armónico, pacífico y objetivos comunes. Pero, paradójicamente suele suceder que es en estas organizaciones muchas veces en donde el dolor y la hipocresía ocupan un lugar preponderante.

Dios y las formas periféricas

La historia esta llena de paradojas e ironías, pero curiosamente son en estas circunstancias en donde Dios suele hacerse presente para acompañarnos y muchas veces mostrarnos un nuevo rumbo. Suele moverse en formas impredecibles, impensadas y periféricas. Con perfil bajo, ingresa por la puerta menos pensada. Su nacimiento en un establo, su entrada a Jerusalén en un manso burrito, su honrada y confrontativa relación con políticos y religiosos, las persecuciones como métodos de hacer conocer el evangelio, su irónica muerte de cruz para salvarnos, nos hablan de formas impensadas y periféricas.

Primero las personas

Las estructuras y organizaciones sociales deben priorizar entonces el diálogo, la honradez y las sanas relaciones humanas. No debería existir institución humana que no incluya como objetivo principal el bienestar integral del ser humano. Su libertad de libre asociación, su salud y su bienestar personal debe preceder a toda organización humana; incluyendo a la familia.

Enséñanos a mantener relaciones personales saludables y a priorizarlas por encima de toda organización humana. Que así sea.

El lugar del pobre en la misión

por José Luis Lozano

Reflexiones sobre la misión en la vida de San Francisco de Asís
Efesios 5.16, Romanos 13.11, 2Corintios 8.9

Es obvio que desde la perspectiva protestante, mantenemos con Francisco una distancia respetuosa. Su visión de los sacramentos, su mariología, su relación con la iglesia y sumisión al papa, nos ubican en posicionamientos doctrinales diferentes. Sin embargo no deberíamos perder la oportunidad de conocer a este hombre cuyo ejemplo de vida, coherencia en su conducta, radicalidad de su opción y deseos de predicar el evangelio, aún hoy siguen perturbando nuestros oídos y conmoviendo a nuestro corazón.

Profetas del siglo XII

El movimiento misionero mendicante del siglo XII, entre los cuales estaba el de Francisco de Asis, tuvo un carácter laico y de protesta, motivado por una profunda insatisfacción de las estructuras eclesiales y sociales de su tiempo. Las opciones monásticas de separación, recogimiento y distanciamiento del mundo, cedieron paso a una nueva alternativa para intentar transformar la realidad.
El movimiento franciscano y otras órdenes religiosas hermanas como los Dominicos, Carmelitas y Agustinianos, fueron los que mejor supieron interpretar la difícil realidad eclesial y social que se vivía en Europa.

“El crecimiento de las ciudades y del comercio había dado origen a una nueva clase, la burguesía, que se mostraba cada vez mas pujante. El comercio y la artesanía comenzaron a sustituir a la tierra como fuente de riqueza. Esto a su vez estimuló a la economía monetaria, de modo que el dinero circulaba mas libremente…”1

El cambio de paradigma económico, la desigualdad social y el aumento de la pobreza, mostraban un panorama poco alentador.¿Qué hacer entonces?.
El compromiso con el pobre de la ciudad fue la nota distintiva del movimiento misionero iniciado por Francisco. Mientras que los antiguos monasterios estaban identificados con el sistema económico rural y feudal, el ministerio franciscano se desarrolló en medio de los pobres urbanos.
La difusión y el crecimiento de la primitiva comunidad cristiana alrededor de Francisco fue extraordinaria. Los cronistas de esa época señalan que aún antes de su muerte, los hermanos franciscanos llenaban el mundo y que no había una provincia en la cual no hubiese alguno de sus hermanos.
Francisco, supo reeditar la tarea misional del Reino de Dios. Su carácter particular de hermandad itinerante y su encarnación con los pobres de la ciudad, nos desafían hoy a repensar nuestro estilo de vida y nuestra misión.

Querido Señor, padre de Francisco y también nuestro, tu que siendo rico te hiciste pobre, ayúdanos a comprometernos con los pobres de nuestra ciudad y a priorizarlos en la misión de tu Reino.

1. Justo Gonzales, Historia Ilustrada del cristianismo: La era de los altos ideales, Caribe, Miami, 1978, tomo 4, p.121.

Hacer Teololgía desde la cocina

por Patricia L.Trillo

Compartimos con las señoras del taller un fin de semana de trabajo. La posibilidad de conocer el interior de la provincia de Neuquén en la Patagonia Argentina nos llevó a realizar varias docenas de empanadas para vender, con el fin de recaudar dinero para alquilar un colectivo.
Fue así como entre mate y mate y con los ojos todos llorosos por la cebolla, comenzamos a reír…a contar historias y anécdotas de la vida…a compartir sueños…
En un momento dado aparece Soledad (joven madre de tres niños) con una bandeja que contenía las primeras empanadas que salían de la gran olla y ella nos dijo: “Chicas; estas son las primicias que Dios nos da, hagamos una oración y compartamos juntas esta primer bendición”. Sacudimos un poco nuestras manos y así como estábamos agradecimos a Dios esta oportunidad. Juntas saboreamos las primeras y más ricas empanadas de la jornada.
Fue allí, inesperadamente, en medio de la harina y la grasa, que percibimos claramente una presencia muy especial; emoción, profunda paz y armonía. Dios nos había visitado.
Entre mates y empanadas, Soledad nos compartió luego, que dentro de algunas comunidades religiosas las primicias del trabajo en la cocina debían entregarse al “pastor” de la iglesia, para que diera su bendición y aprobación. Teresa, se sumó también a las anécdotas y nos contó, que en su anterior iglesia, su pastora, llenaba la olla con las sobras de masa del relleno de las empanadas y preparaba una sopa para que el grupo de trabajo comiera. ¿Por qué las primicias para el pastor? ¿Por qué la pastora compartía las sobras de la masa a quienes con tanto esfuerzo habían trabajado toda una jornada? Nos pareció muy interesante la propuesta de Soledad. Sin querer nos estaba mostrando un modelo de hacer teología desde la horizontalidad, de los hermanos, de los laicos, de la no profesionalidad pastoral.

Para que la teología tenga el sabor de las cosas sencillas de Dios y el aroma de la trascendencia, debe permitirse nacer en el encuentro inesperado que se produce en una cocina desordenada, con mujeres dispuestas a cumplir el sacerdocio de todo creyente.
Compartimos con Valdir Steuernagel[1], quien señala: “…la tarea teologal nos pertenece a todos y todas. Cada uno de nosotros hace teología en el solo hecho de leer la realidad a la luz de la fe. Es por esta razón que no podemos tomar livianamente la tarea teológica, ya que necesitamos nutrirnos para ser responsables en esta tarea inevitable de todo creyente… la tarea teológica se construye desde una variedad de “espacios de vida” y de experiencias históricas, ya que la vida en la cual Dios se manifiesta es compleja y debe interpretarse desde diversas aristas”.


[1] Dr. Valdir Steuernagel. Hacer teología junto a María.

La revolución silenciosa

Por Guillermo C. Font

La luz, por débil que sea, vale más que todas las tinieblas juntas. Basta una cerilla para exorcizar toda la oscuridad de un cuarto y mostrar la puerta de salida. Como la fuerza de las gotas de lluvia sobre los inmensos incendios de la Amazonia: una gota hace muy poco, pero ¿no está la lluvia hecha de gotas? Muchas gotas, millones de gotas apagan en pocas horas el incendio más persistente. A veces, el eslabón aparentemente más insignificante es el responsable de la irrupción de lo nuevo, y lo pequeño produce lo grande. Es la fuerza invencible de lo pequeño.
Leonardo Boff - La paz y el efecto mariposa

Vivimos inmersos en una cultura que sobrevalora «las cosas grandes».
En la sociedad de consumo, para ser debemos tener, y para tener no nos queda otra alternativa que consumir, para lo cual hay que generar dinero. Cuanto más dinero obtengamos, consumiremos más, tendremos más y, por lo tanto, «seremos» más. Ésa es la razón por la cual hay que hacer negocios más grandes, para comprar una casa más grande, un auto más grande, un televisor más grande y, aun, para tener un currículo vitae más grande. Ésa es la causa por la cual el supermercado es mejor que el almacén, el shopping center es superior a la tienda, los modernos complejos de cines y teatros son preferibles a los cines y teatros de barrio, la gran ciudad es más importante que el pequeño pueblo. ¡Para ser «grande» hay que vivir a lo
grande! Es lamentable la adhesión a ese estilo de vida por parte de mayorías evangélicas en todo el mundo. Invocando la Biblia y a Jesús han construido una «cultura evangélica» que sobrevalora «las cosas grandes». Además de consumir acríticamente lo que les ofrece la sociedad de consumo, nos proponen —e imponen— mega-iglesias y super-pastores, enormes templos y auditorios, multitudinarios congresos, millonarios presupuestos y desbordantes agendas: toda una maquinaria con apariencia de eficacia que, en general, no promueve transformaciones profundas en las personas, ni en las iglesias y mucho menos en la sociedad, sino que se erige —no en sus discursos pero sí en sus prácticas— como un fin en sí mismo, funcional al status quo.
Jesús habló de su grupo de discípulos como la «manada pequeña», se refirió a su propuesta de vida como el «camino angosto» y comparó el reino de Dios con la «semilla de mostaza».
¿Qué quedó de todo ello? ¿Son pertinentes esas imágenes para el cristianismo evangélico del siglo 21?
Aunque las mayorías siguen atrapadas por la engañosa esterilidad de la ruidosa
maquinaria religiosa, existe una silenciosa red de comunidades de fe y de cristianos anónimos que —como minorías fieles— encarnan estilos de vida en transformación a la luz de la propuesta de vida de Jesús como Señor y Maestro de la vida.
En pequeñas y sencillas capillas, en casas de familia, en sus puestos de trabajo, en sus lugares de estudio, en asociaciones barriales, en partidos políticos, estos cristianos no viven sus vidas al compás adormecedor de las «nuevas modas evangélicas» sino a la vanguardia de la revolución silenciosa de Jesús: con una concepción integral de la vida humana y de la misión cristiana, comprenden la existencia como un continuo vivir cultivando relaciones de amor;
vulnerables, con luces y sombras, promueven la renovación de la mente, el cuidado del cuerpo, el fortalecimiento de las familias, la construcción de la sociedad y la protección del medio ambiente; sin exitismos ni sectarismos, comparten la vida como hermanos y amigos; reflexionan la vida a la luz del evangelio y éste a la luz de la vida; ejercitan la meditación y la oración de cara a la realidad; sirven al prójimo, priorizando a los menos favorecidos; dan testimonio de su fe con hechos y palabras; fundamentalmente, creen en el poder revolucionario y transformador que se
descubre al seguir las huellas de «la vida sencilla de Jesús de Nazaret», tal como la retrató un autor anónimo:
He aquí un hombre que nació en una aldea insignificante. Creció en una villa oscura. Trabajó hasta los treinta años en una carpintería. Durante tres años fue un predicador ambulante. Nunca escribió un libro. Nunca tuvo un puesto de importancia. No formó una familia. No fue a la universidad. Nunca puso sus pies en lo que consideraríamos una gran ciudad. Nunca viajó a más de trescientos kilómetros
de su ciudad natal. No hizo ninguna de las cosas que generalmente acompañan a los «grandes». No tuvo más credenciales que su propia persona. La opinión popular se puso en su contra. Sus amigos huyeron. Uno de ellos lo traicionó. Fue entregado a sus enemigos. Tuvo que soportar la farsa de un proceso judicial.
Lo asesinaron clavándolo en una cruz, entre dos ladrones. Mientras agonizaba, los encargados de su ejecución se disputaron la única cosa que fue de su propiedad: una túnica. Lo sepultaron en una tumba prestada por la compasión de un amigo. Según las «normas sociales», su vida fue un fracaso total. Han pasado veinte siglos... No es exagerado decir que todos los ejércitos que han marchado, todas las armadas que se han construido, todos los parlamentos que han sesionado y todos los reyes y autoridades que han gobernado —puestos juntos— no han afectado tan poderosamente la existencia del ser humano sobre la tierra como la vida sencilla de Jesús de Nazaret.
De esto se trata la revolución silenciosa: es la «fuerza invencible» de lo pequeño que produce lo verdaderamente grande.

Guillermo C. Font es director y editor
de la Revista Kairós y coordinador
del Departamento de Edición
de Ediciones Kairós

Algunas preguntas sobre la misión de la iglesia

Por Nicolás Panotto
Una de las preguntas históricas de la iglesia cristiana: ¿qué es la misión? Ella se hace ya que todo cambia. La iglesia cambia. El mundo cambia. Las personas cambian. Por ende, la misión cambia. Es un término construido desde una infinidad de interpretaciones, experiencias, contradicciones, falencias, esperanzas y errores históricos. Por todo esto, es una pregunta aún vigente.

De aquí mi deseo levantar algunos interrogantes que creo pertinentes para hacernos. Pueden parecer perogrulladas, pero justamente en muchas ocasiones encontramos las respuestas más profundas a través de los planteos más “simples”.
¿La misión agranda o abre la iglesia?
Se ha cuestionado mucho la comprensión “numerológica” de la misión, en donde se la comprende como la búsqueda de métodos para hacer crecer la iglesia. El “éxito” se mide por la cantidad de “almas” (palabra no inocente, ya que los cuerpos parecen ser solo paquetes caminantes) que ingresan a las filas de la congregación. Ya conocemos las consecuencias de esta mirada: iglesias repletas de gente desconectada entre sí, consumiendo de un modelo o un mercado religioso “a la última moda”. Las personas se fetichizan (no ellas mismas sino las estructuras), transformándose en un número más. Y tengamos cuidado: esto no sucede solamente en las llamadas “mega iglesias”. Es un imaginario muy corriente en el mundo evangélico en general, sea cual fuere el tamaño de la congregación.
La misión sí tiene que ver con el ingreso de personas a nuestras comunidades eclesiales, pero en tanto éstas se abran al mundo y se transformen en una comunidad de referencia y convivencia. La iglesia no debe buscar presas como un cazador. Su misión es ser un espacio que sirva al prójimo, que atienda a los desfavorecidos, entendiendo la salvación como esa acogida que irrumpe la rutina de la cotidianeidad mecanizada y la estrechez afectiva vigentes en nuestro mundo. Como la iglesia en Hechos 2, 41-47: debemos procurar vivir alternativamente, y que sea Dios quien añada.

¿Acaso la misión no tiene que ver con la gente?
Otra perogrullada, pero no tanto… Sí, la misión tiene que ver con la gente. Pero, ¿qué entendemos por “gente”? ¿Son acaso una masa homogénea, o un complejo conjunto de individualidades, instituciones y dinámicas? ¿Qué lugar tienen en nuestra misión? Pero sobre todo: ¿no son personas reales, de carne y hueso, con historias, emociones, traumas, alegrías, fortalezas, debilidades y necesidades? Muchas veces perdemos este sentido de realidad en nuestra misión. “La gente” pasa a ser receptáculo de nuestros romanticismos, idealizaciones, hasta dogmas y moralinas. ¿Pero comprendemos que todo lo que hacemos, decimos, pensamos y pronunciamos tiene que ver con personas reales que viven una cotidianeidad, tal cual nosotros y nosotras? ¿Practicamos una misión según lo que escuchamos y vemos de cada persona, o imponemos una agenda? Si lo que importa son las personas en tanto tales, ¿acaso no deberíamos dejar atrás tantas luchas intestinas por imponer (nuestros) “principios” y escuchar la realidad de “la gente”? Sí, es un “riesgo”: el riesgo de perder nuestro cómodo lugar de “centro del mundo” para abrirnos a la compasión, tal como hizo Jesús.
¿La misión es o se hace?
Ya nos habrá quedado claro que no existe la misión, como paquete predeterminado de prácticas, discursos y acciones. No existen modelos prefijados. Como dice Mateo 28,19, la misión es un “mientras vamos”, un caminar continuo, un proceso que se va viviendo, resignificando, reconsiderando, en la medida que sigamos andando. Quedarnos en un lugar, por más lindo y seguro que parezca, nos impide ver las bellezas que tenemos por delante. La misión es un envío constante al mundo, a la realidad en la que estamos, que siendo coherente con ese contexto complejo y en continuo cambio, se resignifica a ella misma, transformando sus prácticas y nociones fundantes (sea Dios, Iglesia, Evangelio, etc.) No es un paquete, un lugar (de poder), una forma, un discurso. Es un movimiento infinito que nos abre al mundo infinito que habitamos. La misión se hace en el camino.
¿Nos dejamos hablar por la misión?
Se habla de que la misión debe ser pertinente a nuestra realidad, que debemos comprometernos con la sociedad, con sus penurias… “para ser luz”. ¿Pero somos concientes de lo que ello implica? La sociedad con la que nos comprometemos posee una complejidad muchas veces ignorada por la iglesia; de aquí, sus respuestas facilistas a través de fórmulas o moralinas que pretenden dar una respuesta acabada a cuestiones demasiado complicadas. Al comprometernos con la comunidad, nos damos cuenta de que existen desafíos aún mayores, hasta desconocidos, por estar allí. Por eso la misión misma nos habla para su propio cambio. La gente, las experiencias, los fracasos y las complejidades que se hacen ver en dicho compromiso misional, nos interpelan. ¿Lo escuchamos? ¿Lo sentimos? ¿Respondemos a ello o seguimos estancados en nuestro “pequeño mundo muy feliz”?

Educar para la solidaridad

Por C. René Padilla
Nuestra realidad latinoamericana está marcada por dos fuerzas contradictorias:
La primera es la mentalidad posmoderna, que pone énfasis en la interdependencia entre todos los seres humanos y entre éstos y la naturaleza. En su análisis de la posmodernidad, David J. Bosch sostiene que el credo de la Ilustración, de que cada individuo está en libertad de buscar su propia felicidad sin preocuparse por los demás, está perdiendo vigencia. Según él, este “cambio de paradigma” exige que los cristianos reconozcamos nuestra solidaridad tanto con la naturaleza como con todas las personas.
La segunda fuerza tiene que ver con realidad socioeconómica y política,la cual muestra a las grandes mayorías incapaces de satisfacer sus necesidades básicas. Aumenta el índice de desempleo y de subempleo. Crecen la violencia y la inseguridad, el analfabetismo y la deserción escolar. Se incrementan la desnutrición y las enfermedades. Se acentúan los conflictos personales e interpersonales y se desintegran las familias. Se amplía el abismo entre ricos y pobres y, como resultado, se profundiza la crisis social. Se incrementa la depredación de la naturaleza y se subestiman las consecuencias de la actual destrucción del sistema ecológico para las nuevas generaciones.
En la raíz de la crisis social y la crisis ecológica está la falta de solidaridad con el prójimo. El sistema económico vigente fomenta el individualismo y hace de la privatización de bienes un valor absoluto. Las clases privilegiadas, incluyendo la de los políticos, acaparan los beneficios del trabajo de todos y adoptan un estilo de vida ostentoso basado en la explotación y la injusticia, la corrupción y la desigualdad.
En resumen, hay una notable paradoja entre la búsqueda de interdependencia propia de la era posmoderna, por un lado, y la exacerbación del individualismo, característica de la sociedad de consumo, por otro lado. El ideal de relaciones solidarias se hace pedazos al estrellarse contra la roca de la insensibilidad y la exclusión.
En este contexto, la fidelidad al Evangelio de Jesucristo demanda que la educación se estructure en términos de solidaridad con el otro, sea quien sea, en su necesidad. En primer lugar está la solidaridad con las víctimas del sistema de opresión en su necesidad de justicia. No basta anunciarles la “salvación del alma”, sin prestar ninguna atención al sufrimiento que les causan sus necesidades corporales insatisfechas.
En segundo lugar está la solidaridad con los agentes de la opresión en su necesidad de perdón. Aquí tampoco basta anunciarles la “salvación del alma”, esta vez sin prestar ninguna atención a la separación que les causan las riquezas en su relación con el prójimo. El victimario necesita ser liberado del dios Mamón mediante el arrepentimiento que conduce al perdón de Dios y a la solidaridad con los necesitados. Reconocerá su necesidad de liberación, perdón y solidaridad en la medida en que experimente el amor de Dios por medio de quienes estén dispuestos a solidarizarse con él en su necesidad espiritual. Si el amor al dinero es la raíz de toda clase de males, es de importancia prioritaria que los detentores del poder, dentro y fuera del país o continente, reconozcan que la vida de una persona [o de una nación] no depende de la abundancia de sus bienes (S. Lucas 12:15) y se dispongan a desarrollar una economía que esté al servicio, no del mercado, sino del ser humano.
La solución a las crisis en nuestros países pasa por la sustitución del afán de lucro y los valores monetarios por valores humanos, lo cual requiere un énfasis en la educación para la solidaridad con el prójimo como un principio fundamental para la convivencia humana.